Me siento atrapado en la linealidad del tiempo. Sin la facultad de regresar al pasado y literalmente borrar todos los errores que he cometido, en especial los más recientes y los que más me afectan. Sin la facultad tampoco de viajar al futuro que seguramente será más cómodo, cuando el paso del tiempo amaine las consecuencias de dichas equivocaciones, cuando la vida sea más alegre y sin el peso insoportable del arrepentimiento... y de la soledad.
Si pudiera escoger entre revivir el pasado para corregirlo, o llegar al futuro, seguramente me inclinaría por la segunda opción. No es mi culpa, así soy, impaciente como todos los seres humanos, con el agravante de mi edad y de mi generación. "Que mundo hostil, sufrir fue permitido", canta Andrés Calamaro en Minibar... y aunque nadie duda de la utilidad del sufrimiento, nadie puede negar que hay momentos que se torna insoportable, que hasta el más poderoso Atlas puede sucumbir ante el mundo pesado del dolor..
Me siento atrapado en la linealidad del tiempo, siempre encerrado en la prisión de la ansiedad, con una intensa sensación de rabia debida a motivos inaceptables e inaceptados. Siento esa necesidad permanente de huir de mi realidad, de adelantar el tiempo como se adelanta una película para ver si yo también tengo un final feliz, aunque sea temporal.
Así me siento, añorando el futuro con nostalgia, como si ya hubiera sucedido. De igual modo, veo con ansiedad el pasado, como si pudiera volverlo a vivir. "Hier encore, J'avais vingt ans, Je gaspillais le temps, En croyant l'arrêter", decía Aznavour en una de mis canciones favoritas. Es curioso como sentimos esas ganas de querer volver también a lo conocido, a lo que ya pasó, donde ninguna sorpresa amarga nos destroze el alma, donde ningún error nos lastime con dolor, donde no haya arrepentimiento porque sencillamente se pueden cambiar las cosas, donde se corte de raiz la mala hierba..
"La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado." Decía, muy acertadamente, García Márquez en El Amor en los tiempos del Cólera. Para mi al igual que para Florentino Ariza, no queda más opción que resignarme al indolente paso del tiempo.